Bellas mujeres voluptuosas

Una historia real de la crisis existencial

2018.11.13 02:34 marvarlife Una historia real de la crisis existencial

El que por su gusto muere...
Creo era uno de esos momentos cuando te cuestionas que qué diablos has hecho en la vida, que qué diablos deberías hacer para el resto de tu vida; de esos pinches momentos cuando quieres ser joven de nuevo y te das cuenta que ya estas cincuenton y que la vida se te pasó sin mayores glorias ni tribulaciones y sientes que quieres correr de nuevo, que quieres volver atras y sentirte libre, eufórico, invencible, como cuando en tus años de colegio...
Y la verdad que a mi me pegó duro la tal "crisis existencial" esa que dicen los sicólogos y eruditos del comportamiento humano.
"Má, que crisis existencial ni que ocho cuartos!" me dijo mi mujer, "si más parece que mientras más viejo más pendejo te haces" me dejo ir de sopetón con su consabida elegancia y tacto. "no será que eres maricon", agregó , "que ya más pareces bicha virga de quince años que sólo viéndote en el espejo y poniéndote ropa nueva pasas, me espetó de nuevo, sin pelos en la lengua, con su sicología de mercado que no dejaba lugar a respuesta alguna.
La verdad creo que la Melinda tenía algo de razón, no en eso de ser maricon, pero si en el asunto de que quería yo ser de nuevo un buen mozo; de demostrar y demostrarme que aún podía interesarle a mujeres jóvenes, que yo era un portento, un Adonis.
Y por allá había conocido a la Conzuelito, una preciosura de mujer que trabajaba en la cafetería de la fábrica y a quien yo siempre saludaba con gran cortesía y a quien, siempre que podía, le dejaba sus buenas propinas y algunos consejos contables, a modo de entablar conversación, aunque a ella, seguro que ni le importaba ni le servían mis consejos de contabilidad (yo era el ayudante del contador o tenedor de libros) de la fábrica; a ella le servía mejor las propinas y los chistes burdos de la variada clientela, la mayoría, chistes sexistas haciendo referencia a la gran "pechonalidad" de nuestra admirada Conzuelito; la verdad, ella sabía lo que tenía, y hacía suspirar a todos con sus pronunciados escotes y movimientos. Era la mesera preferida de todos, montón de brutos ignorantes que sólo miraban en ella sus pronunciados senos, maravillosos en verdad, de eso no había duda alguna; aquellos senos perfectos, cántaros de miel, eran alegre y caliente tópico y motivo de animadas conversaciones de todos aquellos obreros iletrados que soñaban con ella, sabiendo que era aquella una voluptuosa e inalcanzable doncella; como las uvas aquellas que la zorra no podía alcanzar y sólo podía mirar. .
Era hermosa la Conzuelito, dulce y cariñosa, joven, llena de vida, de sueños y malicia; todo lo contrario, pensaba yo, de Melinda, quien, en los últimos diez años parecía estar siempre de malas pulgas conmigo, a quién casi todo lo que yo hacía le parecía pendejadas. Y la verdad es que si, que había yo, como la mayor parte de mis amigos, cometido mis pecadillos y metidas de patas, que ella, no había día de Dios, se los juro por lo más sagrado, que no me los sacara en cara. Y es que las mujeres, cuando te han agarrado en curva, jamas olvidan y jamas perdonan, aunque te digan y te juren que ya te perdonaron, malaya tu suerte, si te agarraron, te jodiste, hasta tus últimos días de tu desgraciada vida, te jodistes!
Así es que, un día de aquellos cuando la Melinda vociferaba y me recordaba lo desgraciada que yo la hacía, lo poca cosa que yo era; me sentí como que encerrado en una encrucijada existencial extrema, y, sin pensar, sin analizar nada, metí unas ropas en mi vieja maleta y me fui.
Era la primera vez en muchos años que estaba yo practicamente en la calle, sin techo, sin ideas, sin mujer. La verdad, me sentí medio desorientado, sin saber que iba a hacer. Tenía siempre mi trabajo y, podría aún ayudar a la Melinda con una parte de mi escaso salario pues, sabía yo, no podía dejarla sola con los cargos de la casa y los cipotes. “Es cierto que soy una mierda pero no tan hecho mierda”, me dije, intentando calmar mi conciencia y sentido de culpa, sabiendo que dejar a la Melinda me convertía de verdad en un "hecho mierda" pues, sólo un "hecho mierda" podría dejar a su mujer después de veinte y tantos años de vida en común, de que había ella estoicamente vivido y compartido tus pobrezas y fracasos, tus triunfos y tus deslicez (o tus pendejadas como ella solía, presta y enfática, recordarte); dejarla ahora que ya estaba cincuentona, igual que yo, ahora que estaba gorda y refunfuñona, igual que yo, no era cosa de hombres; era más bien cosa de los "poco hombre" a quienes yo mismo, antes de esta puta “crisis de existencia”, detestaba y criticaba por ser capaces de tanta bajeza y crueldad.
Pero, la verdad, yo tengo que admitir que ese volado de "la crisis existencial" es muy cierto; y yo, yo sentía que había algo más en esta vida para mí, que tenía que vivir mi vida como yo la quería, no como la sociedad (o la Melinda) lo imponía. Y aquella dizque crisis existencial fue la justificación con la que me arme de razones para huir, para buscar nuevos horizontes, para iniciar una nueva vida, para convertirme en otro más de esos "poco hombre", egoistas de mierda que no pensamos más que en nuestro propio gozo, en nuestra mesquina felicidad.
Y la Conzuelito me consoló en aquellos difíciles días con sus mejores consejos, era ella, so los juro, la tabla de salvación de mis penas y mis culpas. "No se preocupe Don Pedro" me decia la bella Conzuelito, puede contar conmigo, para eso son los amigos". Me busqué una habitación barata y comence mi vida de "soltero". Le pedí aumento de salario a mi jefe, explicándole de mi compleja situación, y me dijo, escueto y serio, "Que culpa tenemos nosotros Pedro de tus decisiones, el que por su culpa muere, que lo entierren parado!"
Pasaban lentos los días, las semanas y los meses; mi vida de soltero ya no me estaba gustando, y para alivio de males, desde que ya no le dejé propinas pues ya no me alcanzaba el pisto, ya ni me sonreía ni mucho menos hablaba conmigo mi querida Conzuelito. Mi solteria me estaba pesando y llegue a la conclusión que no existe esa tal crisis existencial, que eso es un mito inventado por los hombres para justificar sus deseos reprimidos; y me di cuenta que mi crisis existencial tenia una explicación simple y más bien mundana: Me habia enamorado de los hermosos senos de Conzuelo, y, para mi desconzuelo, Conzuelo o Conzuelito me habia hecho entender que aquellos frutos eran prohibidos, que nunca fueron mios, que nunca serian mios.
Y me recordé de la Melinda, de cómo ella, en las buenas y en las malas, siempre había estado conmigo; que si bien era cierto que estaba gordita y refunfuñona, ella tambien tenía lo suyo y era hermosa, jacarandosa y coqueta; que aunque a veces me sacaba las canas verdes, que aunque a veces me hacía sentir re-feo, ella siempre estaba allí, con sus consejos, con sus carcajadas y con sus arrepentidos "lo siento, perdóname enano" despues de la consuetudinaria madreada.
“Quien te quiere, te aporrea” dice por allí la gente; seguro que la Melinda me quería demasiado pues ella si que sabía aporrearme. Decidí regresar al nido pa ver si ella aun me recibía y toqué a la puerta una tarde, decidido a “perdonarla”. Me salió a abrir un fulano, bastante joven y grandote, con cara de felicidad "que se le ofrece señor?" me dijo en tono muy cortez; "puedo hablar con la señora?" le pregunté, un tanto preocupado. "ah, mi mujer aún no llega, quiere dejarle un recado?" Casi me cai de bruces, no podia yo creer lo que mis oidos escuchaban; mi Melinda con un mozo, eso no podía ser!
“No amigo, volveré luego”, balbucee, sin saber que hacer. Me di la vuelta y me fui, me sentí triste y acabado, mi Melinda había encontrado un reemplazo más nuevo, me costaba a mi creer que esa dama sinverguenza ni siquiera me aviso, ni siquiera me lo dijo. Yo que me fui buscando una respuesta a mi cacareada crisis exstencial, no había hecho más que empujarla a buscar ella su remedio a la mala situación en que yo la había dejado. “Si serás burro”, me dije, “más que burro un gran idiota”, me dije, y me fui desconcertado, dolido, enojado conmigo mismo y recordé lo que mi jefe me había dicho "el que por su gusto muere, que lo entierren parado!"
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